Ayer a mediodía, Marta rompió aguas. El parto, previsto para dentro de cinco semanas, se había adelantado pero todo estaba previsto y en veinte minutos, estaba ya en el hospital, preparada para dar a luz a una niña, grande, según dice la ecografía, y que se llamará Matilde, como la abuela de Marcos, a quién no ha habido quién le bajara del burro de que el nombre de la niña tenía que empezar con M -como todos los de su familia..-.
A las cinco de la tarde, David, su jefe, llama a Juanjo a su despacho. El problema es que con esto del parto prematuro, y los cuatro meses de baja, y las vacaciones y tal y cual, Marta estará ausente casi medio año, y él necesita a alguien que se haga cargo del departamento. Por eso ha pensado en Juanjo, que para eso es el que más tiempo lleva y además, recuerda, sabe algo de francés -o eso ponía en su curriculum-. David le explica rápido las condiciones, -tampoco hay mucho que hablar, que le está subiendo el sueldo- y un poco lo de la reunión de mañana con los gabachos.. nada importante. A las seis, están los dos tomándose una caña en el bar de abajo.
A las seis y media, entran los otros dos jefes de proyecto. Juanjo ya lleva tres cañas y pide un JB para brindar con ellos por el ascenso y por la recién estrenada mamá. A las siete, Claudia, la secretaria de Marta que lleva todo el día viendo los movimientos de unos y otros, se pasa por el bar. La niña ha nacido bien, tan grande o más de lo que esperaban y sí, se llamará Matilde.
Simulando que no, pero con más ganas que de ninguna otra cosa, acepta el vinito que le ofrece Juanjo, a la salud de los cambios de la vida, dice mientras la sonríe pícaro. David se percata pero no dice nada. Un pequeño gesto, tan ínfimo como una mirada dentro de una sonrisa, le basta para darse cuenta de que a Juanjo le ha salido redondo lo del ascenso, con secretaria y polvo incorporados. Discreto como es y favoreciendo siempre la integración laboral -que para eso es uno de esos jefes modernos- se retira con sus dos directivos veteranos pretextando una cena que ni tiene, ni tiene pinta de tener. Pero todos están contentos, las cosas salen fáciles y a las ocho menos cuarto, Claudia y Juanjo echan su primer polvo sobre la mesa del despacho de Marta, a la salud de la recién nacida...
A las nueve y media, cuando Juanjo por fín llega a su casa, apenas tiene ganas de cenar. Pica algo, y se acuesta. Pero llueve, y la lluvia siempre lo pone nervioso. Además, aunque ha bebido y ha hecho "algo de ejercicio", está inquieto. Lo de la reunión con los gabachos no le acaba de sonar bien. Durante toda la noche da vueltas, y hasta las cinco, no es capaz de dormirse. Mala hora, porque a las seis y media suena el despertador y ese maldito sonido le revienta los tímpanos. Debería levantarse ya, pero le cisca un manotazo al despertador y se da media vuelta. Veinte minutitos...
A las siete y veinticinco sale escopetado para la oficina. Lleva esa camisa blanca de algodón egipcio que le sienta tan bien a su tez morena, y va mentalmente repasando algunas frases en francés. Mientras piensa que, como estos gabachos sean tan puntuales como los ingleses, va a llegar tarde a su primera reunión, se incorpora a la M30 a la altura del nudo de Manoteras al mismo tiempo que Julia, esa chica que iba hacia la carretera de Burgos, a la Autónoma, a hacer el primer exámen de la carrera. El choque hace que el faro izquierdo del monovolúmen de Juanjo se empotre contra el ala derecha del Ibiza de Julia y lo desplace medio carril. Afortunadamente, Carlos, que venía detrás, está lo suficientemente lejos como para evitar el choque con ella, pero su coche queda totalmente destrozado de la parte derecha y no hay quién lo mueva. El carril de incorporación y el central, colapsados.
La poli tarda poco en venir pero a las ocho menos veinticinco, el atasco es monumental y sin embargo, a las ocho menos veinte, cuando yo salgo de mi casa para llegar a trabajar, aún no sé nada de todo esto. Estaba pensando en qué libro comprar para Noelia, en qué hacer para cenar esta noche, y en que he debido de salir algo más tarde que de costumbre porque normalmente, apenas encuentro tres o cuatro coches delante para incorporarme a la M30, a la altura del nudo de Manoteras... Idiota de mi, que he salido pensando que la vida, los trayectos, dependen sólo de uno mismo, y de lo que tarde en abrirse el semáforo y no he tenido en cuenta que ayer nació Matilde, que se ha adelantado cinco semanas, y que Juanjo ha hecho que hoy lleguemos casi todos, un poco tarde a trabajar.
Menos mal que no ha habido heridos y que he dedicado el tiempo del atasco a pensar en esta tontería y no a pitar al aire como todos los demás.
Ay, Matilde, Matilde... Algunos hablan del efecto mariposa. Otros de que si estaba escrito.. Matilde, bonita, en cualquier caso, la que acabas de liar...
NOTA: esta historia es inventada. Cualquier parecido con la realidad es pura y paradójica coincidencia...